Comunidad

La M y la L de la CAML remiten a Mauricio López, mientras que la «C» lo hace a comunidad. Comunidad viene del latín cum-munus. Si munus puede significar onus (obligación), officium (oficio, función) y donum (don), siendo las dos primeras acepciones formas del deber pero también del don —munus es una forma particular del don: el don obligatorio; Ver Esposito, R., Communitas. Origen y destino de la comunidad. Buenos Aires, Amorrortu 2003—, entonces «ser comunidad» indica la aceptación de una responsabilidad, de un deber; pero también nuestra existencia como don, como lo que nos es dado, como el acontecimiento acontecido que es la existencia misma de la comunidad, incluso si lo es de la comunidad de los que no tienen comunidad (Blanchot, M., La comunidad inconfesable, Madrid, Arena Libros, 1999). Esto indica una doble dirección.

1) Por un lado que lo que le pasa a los otros del nos-otros de la comunidad nos toca: lo que le pasa al musulmán, al judío, al cristiano de otro modo que el nuestro, o al no cristiano; como también al pobre, a la mujer, al extranjero, a los jóvenes y a los chicos, a lo jubilados… eso también nos pasa. No hace falta pertenecer para ser comunidad, no hay/debe haber rasgos identitarios que cierren el ingreso, no hay/debe haber exclusión: la única forma de «estar fuera» es haberse colocado allí, es haberse auto-excluido. Deseamos (en un sentido lato del nosotros) ser la comunidad de los que no tienen comunidad, o de los excluidos de la comunidad. Intentamos ser sus hermanas, su prójimo.

2) Por el otro, nuestra propia existencia es acontecimiento, providencia, gracia, don. Es cierto, se trata de un don obligatorio, de algo que «debe darse». No obstante, no es algo logrado, ni un ejercicio soberano de nuestras facultades. Más bien es necesidad, una necesidad que nos trasciende, que funda la comunidad en oto lado: no es una ideología, identidad de una fe compartida (al menos de una fe positiva, o de una fe en la comunidad), sino de una mutua dependencia, de nuestra indefensión, de nuestro desamparo, de nuestra fragilidad y de nuestra finitud. Ello nos moviliza, y en el movimiento nos reúne en torno a la comunidad que con-formamos.

Así entendida, la comunidad que somos/la comunidad que queremos ser es apertura, es complemento, es servicio a y responsabilidad por el otro, es encuentro y necesidad, es acontecimiento, es don.